Soy de barrio, de Guanarteme, nací en los años 80 en la punta de abajo de la calle Lepanto. He visto la transformación de la playa desde la expropiación de casi toda la zona hasta las manifestaciones contra los diques. Ha habido un cambio enorme, este siempre ha sido un barrio muy humilde y, antiguamente, también era conflictivo. Llegar aquí era una odisea: las carreteras de tierra, las chabolas, el campo de cabras de mi abuela que estaba justo donde está ahora el bingo, cerca de Las Arenas, el burro y el mono de Lorenzo (el padre de Samuel, el Boca). Todo aquello tenía su encanto.

Criarme en un barrio influyó muchísimo en mí para ser quien soy hoy. Tiene una idiosincrasia propia, unas normas no escritas, todo el mundo se conoce y se respeta. Me quedaba hasta altas horas de la noche en la plaza del Pilar y no pasaba nada. Existía una comunidad, un grupo. A muchos amigos de la infancia los he perdido, los expropiaron. Los mandaron a Costa Ayala, Jinámar, etc., pero, por suerte, aún se respira un poco de esto y a mí me encanta esa cultura de barrio.

Es verdad que a veces me siento un extranjero en mi propio barrio y eso no me gusta. Tengo la sensación de que ni siquiera soy de aquí, las cosas cambian y tienes que adaptarte, es parte de la evolución. Ya no queda otra y hay que entenderlo pero me da lástima. Veo cómo suben los precios de las casas, los alquileres y es una pena porque se pierden los orígenes de Guanarteme.

Antes las puertas estaban abiertas, era lo normal. Entrabas y salías de casa de tus amigos como si fuera la tuya propia, era supernatural.

Todos aportaban a la comunidad. Mi abuelo, por ejemplo, hizo las escaleras de la iglesia y le puso los clavos al Cristo. También hizo las escaleras del Lloret, se hacían cosas por y para el barrio. Ahora la gente intenta volver a lo de antes, a los orígenes, rescatar los valores de grupo, de hacer piña.

La suerte de ser de un barrio con playa es que en tu infancia desarrollas otros valores, la práctica de deportes como el surf y el bodyboard, el poder estar en el medio natural y no en casa delante de una pantalla, etc. Ser de Guanarteme es un privilegio, vives y respiras cosas que no puedes en otras partes de la ciudad.

Antes de estar construido el auditorio Alfredo Kraus, en los años 80, la playa estaba dividida por zonas y cada una tenía sus particularidades. Estaban Los Muelles, donde paraba gente del Batán, de Schamann. Los Muellitos, donde se ponía Jose el de Café Central, su hermano el Macarrón, Richard el Americano, Paquillo, etc. Otra zona era El Bufo, donde la mayoría era de la plaza del Pilar, Abián, Cristo el Moreno, Chacón, Nando (que en paz descanse), Guillermo el Negro. En el Pity estaban Marco y Kiko. El bar Los Pescaitos, que es donde paraba Fernando Guerra, Iván el Culogoma, Alfonso y, más tarde, Aly, Marcial y el Chispa. Y, ya por último, estaba la gente de La Barra con el Pecholata y algunos más.

Mi infancia la viví con un padre bastante conflictivo que estuvo en la cárcel y con mi madre, que tiene ese punto un poco loco. Que estuviera en la cárcel me generó muchas cosas como problemas de autoestima o conflictos continuos pero, curiosamente, todo eso me sirvió mucho para aplicarlo en el teatro.

Mi padre era un tío muy independiente que se buscaba la vida y fue lo que me enseñó. A pesar de todo, ellos me dieron una educación maravillosa. Mi madre me ha dado mucha independencia, siempre me ha animado a que fuera yo mismo. Me ha dado su sentido del humor y su maravillosa locura. Es superburletera, divertida, alegre. Es un referente en mi vida. Tenía un espectáculo en el que actuaba con ella, se llamaba Rayco +1. Hicimos ocho funciones y las llenamos todas. Tiene un desparpajo y una cara que flipas.

El otro día puse una frase en mis redes, decía simplemente “te quiero”. Mi madre nunca me lo dijo, ni ella ni mi abuela. Es verdad que son otras generaciones pero es superimportante verbalizarlo. La primera vez que se lo dije fue actuando con ella, abrazándola.

Tengo un apego muy fuerte con ella, es mi amiga pero, quizás, la figura de madre como tal la tengo en mi abuela que fue la que me cuidó durante mucho tiempo.

En 1986 me fui a Australia con mis padres, ellos querían dejar atrás problemas que habían tenido aquí y estuvimos alrededor de un año y medio. Yo volví,  mis padres se quedaron y mi abuela se hizo cargo de mí.

Mi núcleo de amistades siempre me ha protegido: Rayito, Gersán, Dani, etc.,  me han defendido de todas mis diabluras. De pequeño siempre decían que yo estaba un poco loco y razón no les faltaba. He tenido mucha suerte porque siempre me han cuidado. Incluso, ahora de mayores, seguimos teniéndonos un especial cariño. Esta es mi suerte, la gente de aquí me aprecia y me tolera siendo tan “hijoputa” como soy. A una de mis actuaciones fue mi amigo Pancho y le contaba a su mujer y a su hija todas mis diabluras de pequeño y decía: ”es que con Rayco te meabas”. Ahora mis amigos de toda la vida van a verme al teatro.

Siempre me gustó el fútbol, jugué en la Isleta y en el Vecindario. De ahí me fui al Granada como semi profesional. Estando allí hice una formación de payaso y fue un flechazo. Me gusta mucho provocar, siempre he sido muy “porculero”, molestar a la gente. Hay una persona que me ha marcado mucho en este tema: Aly Butler. Me hablaba de lo que hacía como payaso y siempre pensaba lo mismo: “quiero ser como Aly”. Dejé definitivamente el fútbol y me centré en prepararme como payaso.

Hay una cosa muy interesante del payaso, bebe mucho de la transgresión, no entiende de normas sociales, busca todo el rato romper y darle la vuelta a todo y yo soy un poco así.

Continué formándome de payaso en Madrid. Me quedé tiempo allí trabajando, unos doce años, pero tenía unas ganas locas de volver a Canarias. Poder comer todos los días con mi abuela que para mí es lo más chachi del mundo. Quería bajar a la playa y desayunar con Morata, quería volver a escuchar el mar.

Al volver a Gran Canaria creamos una compañía de teatro entre cuatro amigos que se llama Anartistas. Lo que hace es llevar el teatro a otro lugar, trabajamos mucho la comedia y la tragicomedia. Hay una obra, “Los fantasmas de Shakespeare”, que en parte es la historia de mi vida porque hablo de que el teatro es inútil, de que estoy todo el día borracho buscando una musa, de hecho nombro a todas mis exnovias. Mis tres compañeros tienen un talento brutal, son supertrabajadores y se han sumado un poco a mi locura creando una sinergia maravillosa. Sin duda ellos son mejores actores que yo.

Siempre que vamos a actuar, justo antes de empezar, ponemos un tema de kase O que dice: “cuanto más amor das, mejor estás”. Voy por todas las mesas repitiendo esa frase y ya después te cuento mi historia, pero primero me agarro a eso.

Juanillo el Cubano, que siempre fue de mis personas, cada vez que me veía me daba un abrazo. Mi diario habla mucho de él, teníamos un vínculo especial. Ya han pasado 19 años y lo sigo teniendo presente. En el teatro se abraza mucho. Ahora, que a veces trabajo con menores, les doy clases de teatro y risoterapia. Les enseño a mirarse, es una pena porque ya casi ni nos miramos.

El apodo de Masca viene de mi abuelo que le decían el Mascahierro porque él trabajaba con hierro, Nando me puso el Masca chico y curiosamente la palabra  masca significa persona, esto me lo dijo el padre de Aída Artiles. En mi formación estudié el viaje de las máscaras de Lecoq, todo empezaba a enlazarse. Un apodo que había nacido para molestar se ha convertido en todo un orgullo, primero por mi abuelo y segundo por el significado que tiene en el teatro.

El Masca sale por ejemplo cuando me emborracho y saco lo peor de mí, lo más provocador, sarcástico, cuando sale mi álter ego. A pesar de mis zonas grises, siempre fui un tipo sensato, estudié magisterio y educación infantil. En mi trabajo soy superdisciplinado, trabajo mucho y nunca nunca he ido a una función o a un trabajo colocado. Me lo tomo muy en serio y siempre hago un trabajo de investigación, profundizo mucho. A pesar de esto no creo en el método, no creo en las escuelas.

El teatro es un lugar de encuentro donde vuelcas todos tus dramas y miserias, las pones ahí y te sanas. Es muy terapéutico. Forma parte de mí y me ha regalado el poder descubrir infinidad de cosas. He tenido la suerte de descubrir tantas cosas bonitas que me da pena cuando veo tan poca gente joven en el teatro.

La muerte de mi abuelo fue un golpe duro pero estoy tranquilo porque le di lo mejor de mí, de hecho, sus hijos siempre lo dicen, que yo al hombre le regalé mucho amor y cariño, que siempre fue mutuo. Tuve la gran suerte de vivir con él sus últimos días. Teníamos un vínculo de la ostia. Íbamos al fútbol, a pescar, me llevaba al colegio en su viejo mercedes, me compraba todos los días un donut y ahora, por último, era yo el que le llevaba un donut todos los días. Suelo encontrarme con amigos de mi abuelo por aquí y me cuentan muchas historias de él. Eso es lo que me gusta de Guanarteme, la cercanía. Y, como te digo todo esto de mi abuelo, también te digo que si de alguien estoy enamorado es de mi abuela. ¡Me han dado tanto! He tenido una familia desestructurada pero nos hemos dado mucho amor. Te lo digo de corazón, yo antes odiaba a mis padres hasta que maduré y los perdoné porque hay que ponerse en su piel y sus circunstancias. A día de hoy amo a mi madre con todas mis fuerzas, a mi padre le tengo mucho cariño y a mi abuela ni te cuento. Mi madre es mi persona, me tolera, me protege y me quiere. Tú nos ves y estamos todo el rato riéndonos. Mi madre y mi abuela son superdivertidas. A veces ensayo delante de ellas y las tías se ríen de mí por delante y por detrás.

Creo que la mayor de mis suertes es que todo lo que hago es con amor. Incluso dando clases de surf les hablo a mis alumnos de amar bien y de hacer las cosas con dulzura.

Aprendí a quererme ya de mayor. Ves mis diarios de pibe y flipas. Mi hermano y yo nos queríamos morir, literalmente. Sobre todo es superimportante amarse bien porque, a veces, soy autodestructivo, no me quiero y hago cosas que no debiera y, al final, me di cuenta de que voy a estar siempre junto a mí y tengo que aprender quererme bien, respetarme, perdonarme y abrazarme.

Todo el mundo tiene tragedias, dramas, etc. El secreto de la vida es entendernos y poder reírnos de nosotros mismos, de que somos patéticos, de nuestros complejos, de nuestras desgracias, de nuestros fracasos. Hay una frase del payaso que dice: “el éxito está en el fracaso”. ¡Hay que fracasar y equivocarse, cojones! Es la mejor manera de llegar a lo que queremos conseguir. Tenemos que aprender a amarnos y ser conscientes de que tenemos que hacer las cosas un poco mejor, colaborar, ayudar al prójimo, darnos abrazos, perdonarnos y aceptarnos. Tenemos que aprender a amarnos y ser conscientes de que tenemos que hacer las cosas un poco mejor, colaborar, ayudar al prójimo, darnos abrazos, perdonarnos y aceptarnos.

Las cosas vienen y van y aquí estamos de paso.