En julio de 2021 me noté un pequeño bulto en el pecho. Como era algo que nunca me había notado, pedí cita con mi médico de cabecera. Yo no estaba explorándome el pecho en busca de un bulto, fue de pura casualidad. Nunca me había realizado una autoexploración a conciencia. Al ser el nódulo superficial lo pude detectar a tiempo, si hubiera sido más interno quizás lo hubiera pasado por alto. El médico me recomendó hacer una ecografía para descartar otras cosas. Me fui directa a una clínica privada para no perder ni un minuto. Cuando me hicieron la eco, el enfermero que me atendió no tuvo mucho tacto la verdad: -Esto tiene mala pinta, esto no me gusta, bufff-. Vio mi cara y me dijo: -¡Ay! Perdona, como yo lo veo tan a menudo-. No fue una situación nada agradable, ni por estar allí, ni por la forma de recibir la noticia. En el informe que me entregó ponía que podía ser un cáncer al 95% y me vine abajo, menos mal que mi pareja ha estado siempre junto a mí en todas las pruebas. Sentí un miedo terrorífico, mi madre falleció hace ocho años por un cáncer en el hígado, en unos meses se nos fue. Lo único que pensaba era que me quedaban seis meses de vida como a ella. Entré en la negatividad, el miedo, la incertidumbre. Me fui con los resultados de nuevo al médico de cabecera y la verdad es que me metieron en ginecología sobre la marcha, preferente al Materno, fue todo superrápido. Yo me lo noté un veinte de julio y en quince días tenía todas las pruebas hechas. Al principio, como estás inmersa en médicos, citas y pruebas, no te da tiempo a pensar demasiado en que estás sufriendo un cáncer. Lo que más me costó fue el tener que contárselo a mi padre y a mi familia, no pensaba en mí. De hecho, cuando me confirmaron que era cáncer, lo primero que pensé fue: “a ver cómo se lo digo a mi padre”. Me costaba contarlo por el hecho de saber la reacción que iban a tener los más allegados. Tuve mucho miedo al principio. Entras en shock. Cómo me va a pasar esto a mí que me he cuidado, que he tenido una vida activa, que soy deportista. Y, después, viene el porqué: ¿por qué yo si ya lo sufrí con mi madre? ¿Por qué me tiene que tocar a mí? Y entras en ese bucle de negatividad y de rabia. Decidí contar por redes sociales que tenía cáncer. Un poco por desahogo y, también, porque quería que la gente lo supiera y así no estar continuamente hablando del tema. Lo que quieres es hablar de otras cosas porque, al final, es recordar una y otra vez lo que tienes, pasas a ser la enfermedad y no la persona, solo te preguntan cosas de la quimio. Sé que todo el mundo lo hace de buena fe, pero la gente no sabe cómo actuar y es normal porque no nos enseñan. Intentan quitarle hierro al asunto, quitarle importancia a la enfermedad. Te dicen cosas como: -Eso nada, te operas y ya está; tú eres guerrera; no te preocupes que el pelo vuelve a crecer; no llores; no estés triste-. Y sí, estoy triste, ¿cómo no voy a estar triste? Es una situación negativa y debes permitirte estarlo. A veces lo mejor es empatizar y que te digan: -Sí, esta situación es una mierda-. El día de la biopsia fue el que más miedo pasé, no sabía ni que me la iban a hacer. Iba a mi primera consulta de patología mamaria en el Materno para después ellos derivarme. Cuando ves que empiezan a hacer llamadas y te pasan a hacer pruebas piensas: “por un lado, bien por la rapidez, pero por otro, si es todo tan rápido es que esto es malísimo”. Pensaba que iba a morir. Al darme los resultados vi que el mío era triple negativo, normalmente el cáncer se suele alimentar de las hormonas femeninas y se suele dar a partir de los 40 – 50 años porque es cuando más desajustes hormonales hay. Pueden enfocar el tratamiento reduciendo las hormonas de las que se alimenta para combatirlo, pero en mi caso no fue así. Como soy joven y el tumor era pequeño, decidieron dar primero quimioterapia para que redujera al máximo su tamaño y después realizar la operación. Empecé a darme la quimio un dieciséis de septiembre, constaba de dos partes: una de cuatro sesiones cada quince días, que eran las más fuertes y las que te suelen dar los efectos adversos, malestar y bajada de las defensas; y otra de doce sesiones repartidas en doce semanas. Me di las cuatro primeras y me redujo bastante el bulto, pero cuando empecé con las semanales noté que el nódulo crecía. Esperamos quince días y confirmamos: la quimio no estaba haciendo efecto. Me di hasta la novena. Cada quimio que te das es una pequeña victoria y, cuando estás tan cerca de llegar al final, es un palo tener que parar. Me suspendieron el tratamiento y decidieron ir directamente a quirófano para quitarlo. Me hicieron otra biopsia para ver por qué no había funcionado, pero aún no lo saben. Ahora estoy a la espera de la operación y no sé exactamente si me volverán a dar quimio o radio. Mi miedo volvió porque tuve que repetir todas las pruebas desde el principio para asegurar que el tumor estaba localizado y no en cualquier otra parte del cuerpo. Me hicieron una gammagrafía ósea, te inyectan un isótopo y entras al escáner. Di negativo en esa y en el resto de pruebas. Mi miedo era que pudiera tener algo en el hígado como mi madre. Su cáncer y el mío no están relacionados, pero siempre tienes eso ahí. Siempre está esa vocecita que te pone en alerta. La quimio conlleva una serie de cambios como la caída del cabello. A mí me conocen por mi pelo rizado y rojo. Desde que empezó todo esto sabía que me iba a pasar, pero cuando pasa te da el batacazo y más cuando se te caen las cejas y las pestañas. Decidí raparme para que al terminar de caerse fuera menos impactante. Ya en la segunda sesión de quimio noté esa caída del pelo. No fui consciente de que estaba enferma hasta que me vi sin él, cuando me miro al espejo recuerdo que estoy enferma. Una de las cosas que se supone que ayuda mucho a la gente que está en este proceso es el pañuelo, un día decidí salir y empecé a colocármelo, me dio ansiedad, me veía como más enferma. Quise naturalizarlo y, finalmente, salí con él a dar un paseo por la costa, pero acabé quitándomelo, fue una liberación, se me quitó toda la angustia de golpe. No le deseo esto a nadie, pero ya que lo tengo lo intento llevar lo mejor posible, estar todo lo positiva que puedo y, por supuesto, también me permito los días malos. Quiero volver a mi vida anterior, a tener actividad, a hacer cosas. Todo lo que me ha pospuesto el cáncer es lo que quiero recuperar. Una de las cosas que más echo de menos es sentarme en una terraza con los míos, con una cerveza y al solito. Es lo que me gusta y me hace feliz. He retomado el contacto con gente que por cosas del día a día había perdido y me he preguntado: ¿por qué esperamos a que pasen estas cosas para reanudar conversaciones o tomar un café?Creo que soy tan fuerte en estos momentos porque estoy acompañada. Sin mi pareja y sin mi gente esto sería mucho más difícil de llevar, me dan seguridad. Si necesito caer estoy tranquila porque sé que están ahí. Mi familia es pequeña, pero estamos todos muy unidos. El apoyo de amigos y compañeros también ha sido enorme y me siento súper afortunada. El trato que he recibido por parte de la seguridad social ha sido súper humano, tanto el del médico de cabecera como las enfermeras o la doctora del Materno, me han acompañado durante todas las pruebas, me han abrazado cuando lo he necesitado. Estoy súper agradecida al Hospital Negrín, al Materno y al Centro de Salud de Arucas.