Nací el 11 de enero de 1922 en la Higuera Canaria, Telde. Me faltan unos meses para los 100, son una “jartá” de años.
Éramos seis hermanos, un macho, Maximino, y cinco hembras, Candelaria, Prudencia, Encarnación, Emilia, Tomasa y yo.
Mi madre se dedicaba a hacer ropa de hombre y mi padre era albañil.
Teníamos una casita con un terrenito donde había un algarrobo. El otro día la fui a ver, ¡qué ilusión me hizo!. Está reformada y la dejaron preciosa.
Desde pequeñas todas las hermanas nos dedicábamos a coser en casa. De jugar y disfrutar poca cosa. Cuando venían los títeres al pueblo le pedíamos a mi madre que nos llevara, pero ella no nos dejaba, era una mujer muy recta, muy seria. Mi padre era un santo, él nunca nos dejó llorar, me decía “no llores que yo te llevo”.
Fui a la escuela hasta los catorce, después no continué porque mis padres eran pobres. Fue una pena porque me encantaba estudiar, siempre era de las primeras de la clase.
La escuela estaba muy cerquita de casa, Doña Petra era nuestra profesora. Nos enseñó a escribir, a hacer las cuentas…, de hecho es que todavía tengo mis libretas de cuando estudiaba. Me gusta guardar los recuerdos, aún conservo las cartas que me mandaban mis pretendientes (risas). Tengo un defecto y es que me gusta guardar y tener las cosas muy ordenadas.
La vida nuestra era coser desde la mañana hasta la noche, excepto cuando iba a la escuela.
Trabajábamos para las familias más adineradas de la zona. Aparte de pagarnos lo que correspondía, nos daban piñas de plátanos, millo*, etc., en tiempos que no había mucho que comer se agradecía.
Las cuentas de todo aquello las llevaba mi madre. Nosotros, honradamente, se lo dábamos todo a ella para poder vivir, pero todos los años, para el día de San Roque, nos compraba un par de zapatos y un traje nuevo y, de vez en cuando, nos daba un dinerito para que nos compráramos alguna cosita o para que lo guardáramos para cuando nos casáramos.
Con 15 años ya tenía mis pretendientes (risas). Éramos niñas que estábamos recogidas en casa trabajando. Nunca fui a un cine o a un baile, ¡en la vida!, pero el que busca siempre encuentra y por delante de mi casa algunos chicos pasaban a mirar (risas).
Mi primer novio no fue el definitivo, que era lo normal en esa época. Se llamaba Isidro y era de Las Palmas. Venía hasta la Higuera Canaria caminando para verme. Un día dejó de venir, alguien le fue con el cuento de por qué era siempre él el que venía a Telde y no al revés. Al tiempo me lo encontré, me dijo que quería hablar conmigo y le respondí que cuando quisiera. Después de hablar un rato me dijo que nos íbamos a casar y le contesté que no, a lo que me respondió que si era así se marcharía de allí y no lo vería más nunca, y así fue. Me hizo la travesura de estar meses sin aparecer y, ya sabes, “si hoy te fías de cuentos, el día que te cases te amargan la vida”. El que te la hace una vez, te la hace siempre. Era muy celoso.
Después conocí a Antonio, que era de San Gregorio. Venía a mi casa dos veces por semana, así estuvimos durante 4 años. Mi madre era demasiado recta, siempre salía con nosotros a la calle. Con mi novio nunca fui sola a ningún sitio. A los 22 me casé. Fue el día de San José en la iglesia de San Juan. Ni viaje de novios ni nada. Lo único fue una chaqueta y una falda que me hice para ese día.
Mi marido era mecánico, de los buenos, y yo seguí dedicándome a la costura.
Haciendo trajes de novia me hice muy famosa. En Las Palmas había una tienda que se llamaba Jovita. Quería que le hiciera todos los trajes para ponerlos allí a vender, pero yo ya tenía clientas muy adineradas con las que podía vivir bien.
Había casas en las que llegué a hacer los trajes de todas las hermanas. En Jinámar tenía una señora que me dio muchísimo trabajo, por lo que hice mucho dinero. Ella me quería como a una más de la familia.
Tenía el taller en la calle Santo Domingo nº12, con una máquina de coser que era una joya, una Refrey que le compré a Agustinito “el corcovado” en San Gregorio. Tiene más de 70 años y todavía funciona de maravilla, trabajando noche y día.
Con algunas clientas iba a comprar las telas a Arencibia, en Triana. Ellas querían lo mejor. También iba mucho a Vegueta, a la mercería Galván, y en los kilos me conocían de sobra.
Tuve seis hijos y, por desgracia, dos abortos. Nunca soñé con tener una gran casa y una gran fortuna, mi prioridad fue siempre darles la mejor de las educaciones. Fueron a los mejores colegios y a todos les pagué la carrera.
Mi marido quería que mis dos hijos varones fueran con él al taller, pero me negué. He sido una mujer de mucho carácter.
Tenía un coche propio con chófer. Me llevaba a comprar telas, a visitar clientes o al médico. Un día a la semana era para ir a la playa con mis hijos, no recuerdo si era el lunes o el martes. Dicen que lo que no se recuerda todos los días se va olvidando. Trabajaba mucho pero respetaba el día de playa siempre. Bajaba con mi sombrilla, la comida y montaba un pequeño campamento.
Hice muchos trajes de comuniones, muchísimos. Llegó un momento, y de manera puntual, que llegué a tener 100 chicas cosiendo para mí.
Recuerdo una clienta que me dijo que le gustaban mis trajes tanto por dentro como por fuera, cuidaba todos los detalles.
Manolo Ojeda ha sido siempre el ginecólogo de la familia. Hice el vestido con el que se bautizó y, cuando fue padre, me lo trajo para que se lo replicara para el bautizo de su hija Elena. Hice el traje de sus otras hijas cuando se casaron. Para mí fue un orgullo vestir a esa familia. Yo nunca les cobré ni una perra**. Él siempre ha sido muy bueno conmigo y eso lo valoro más que nada.
Yo nunca fui de viaje, a mi marido no le gustaba y eso lo respetaba mucho. Tenía una buena convivencia con él. Con 72 años me quedé viuda, mi marido falleció de cáncer de pulmón, fumaba mucho.
Después de enviudar viajé muchísimo, dos o tres veces al año. Fui a unos lugares preciosos.
Después de la muerte de mi marido he vivido siempre sola, hace poco tuve una caída en casa y, a partir de ahí, siempre me acompaña un familiar por la noche. Me muevo por mi casa con un tacatá. El que lo inventó merece un premio, es una cosa maravillosa.
Tengo la vista perfecta, Dios lo ha querido. Tengo un siglo y ya me ves, sana como una manzana. Ni colesterol, ni nada. Solo me tomo una pastilla al día y es por prevenir la hipertensión.
Yo no me quiero morir todavía, quiero seguir con mis hijos y que me cuiden, como yo los cuidé a ellos. Están siempre pendientes de mí, son buenísimos conmigo. Por cierto, tengo seis hijos, catorce nietos y cuatro bisnietos.
Para llegar a esta edad el truco es no comer cualquier cosa, alimentos sanos. Ni hamburguesas, ni pizzas, ni porquerías de esas. Lo mejor: unos buenos potajes.
Toda la vida la he dedicado a coser y, casi con 100 años, sigo haciéndolo. Sigo trabajando noche y día pero por gusto.
¡Yo he pasado lo mío pero aquí estoy y aquí pienso seguir!

* Maíz

** La perra era el nombre coloquial con el que se denominaba a la moneda española. Este nombre fue dado en alusión al extraño león (al que se confundía con un perro) que aparecía en el reverso.