Nací en La Laguna, pero, con menos de seis meses, vinimos a vivir a Gran Canaria. Mi madre es de aquí y mi padre de Tenerife, tengo una pequeña mezcla.
Tengo bastante familia fuera. Como dice mi tío: «nos pusieron a todos en una lavadora y después del centrifugado acabamos cada uno en sitios diferentes»; algunos en Venezuela, otros en Estados Unidos, en Suecia, Bélgica y en diferentes partes de España.
En 2005 empecé a trabajar en una empresa de animación deportiva en la que el 80% de lo que hacíamos era fuera de España, por lo que viajaba mucho. Bailaba en los campeonatos de vóley-playa y eso me llevo a trabajar en los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008. Fue de los momentos más bonitos de mi vida. Nos contrató el COI (Comité Olímpico Internacional) un mes entero para bailar en los descansos de los partidos. Fue muy duro porque no parábamos, ya que la competición de vóley es de las más largas de las olimpiadas. Aprendes a relacionarte con todo tipo de personas, a sobreponerte a circunstancias inesperadas y a conocer el mundo de otra manera.
Trabajas con chicas de todas las edades y aprendes a lidiar con todo tipo de personas y situaciones. Llegó un momento que dejó de ilusionarme, me veía con más edad que el resto de compañeras y me sentía más como una mami. Ya no me divertía. No era un trabajo tan rentable económicamente, pero compensaba por los viajes y las experiencias que nos daba. Siempre encontrábamos tiempo libre para hacer turismo y disfrutar de los sitios que visitábamos. Estuve trabajando para esa empresa siete años, fue una etapa súper bonita, me llevo todo lo aprendido: el sacrificio, la constancia, el esfuerzo…
Llegaba el momento de buscar un trabajo de verdad que pagara las facturas.
Cuando empecé en el mercado laboral me di cuenta de lo duro que era (para una persona joven y sin experiencia) encontrar trabajo. Estudié educación social y me gustó mucho la carrera, pero no sentía la pasión para dedicarme a ella. Seguí estudiando y realicé dos másteres en marketing y publicidad. El haber trabajado para diferentes marcas de alcohol, tabaco, etc., haciendo promociones en las islas, me abrió bastantes puertas a nivel profesional.
Estuve dos años trabajando en Canarias y llegó un momento en el que pensé: «tiene que haber una vida laboral mejor, en cuanto a horas de trabajo, sueldo y tiempo libre». Algo me hizo clic.
Decidí marcharme a Suecia. Al principio viví con mi tío en un pueblecito, pero vi que las oportunidades estaban en Estocolmo y decidí ir a probar suerte, ya que iba sin trabajo. Lo que me empujó a irme, fue que iba con alguien, con la que era mi pareja en ese entonces.
Nos fuimos el 24 de diciembre. Pasé la Nochebuena en un avión, cosa que mi familia nunca me perdonará (risas). Estudié un poco de sueco para llegar con una pequeña base, pero, estando allí, me di cuenta de que no sabía nada (risas). Tengo muchas anécdotas, como cuando fui a pedir un candado y pedí un piojo, las palabras son muy similares (risas). Aprender el idioma y considerarme integrada me costó un año, no fue nada fácil y, sin duda, fue el más duro. Te entran muchos miedos, dudas.
Empecé trabajando para empresas de cruceros, atendiendo a clientes españoles, pero no eran muchas horas y, con eso, nos daba para un pequeño estudio que tenía unos 16m2 (risas). Allí estuvimos un año y, al conseguir otro trabajo, nos trasladamos a una casa más grande.
Las diferencias laborales con España son enormes, no tienen SMI (sueldo mínimo interprofesional) porque dan por hecho que tu sueldo va a ser justo y, cada año, tienes una subida salarial en abril. La gente cambia mucho de trabajo, cosa muy diferente a España, donde la gente quiere mayor estabilidad. En esos cambios van buscando más prestigio laboral y más salario. En la empresa donde estoy me habitué a decirle adiós a muchísima gente, al principio era muy raro, pero te acabas acostumbrando.
Yo que soy súper playera, acostumbrarme al clima fue complicado. Lo peor no es el frío, sino la oscuridad. Entrar en la oficina de noche cerrada y salir igual fue lo más brusco porque, al final, al frío te acostumbras. Los suecos dicen que no existe el frío, sino ropa de mala calidad.
La gente que me preguntaba de dónde era, siempre me decía lo mismo: «¡qué haces aquí!». ¡Siempre! (risas).
El 90% de los suecos te dice que ha estado aquí, pero es verdad que ya no tienen a Canarias como un destino llamativo, se han quedado con la idea que sus abuelos y sus padres venían cuando eran jóvenes, que es un destino de jubilados.
Durante estos años, he aprendido a valorar mucho la soledad, pasas mucho tiempo sola, no haces amistades tan fácilmente como aquí. Son muy educados, pero cuesta conectar con ellos. Tienen sus grupos cerrados de amigos de la infancia o del instituto, y con eso les vale.
“La teoría sueca del amor” es un documental que puedes ver en youtube y habla de la cantidad de gente que muere sola en sus casas. En general, no tienen tanto contacto con la familia. No le dan el valor que nosotros le damos y, para mí, la familia es muy importante. Lo que me hizo darme cuenta de que mi etapa en Suecia había acabado, fue precisamente eso, sumado a la pandemia. Allí estaba bien, pero la gente a la que quiero muchísimo estaba lejos y, con la llegada del covid-19, vi lo fácil que es perder a tus seres queridos.
Cada quince días teníamos reuniones personales con nuestros jefes, en una de ellas planteé venirme a tele trabajar a Canarias definitivamente y, para mi sorpresa, me dijeron que sí.
Llevo seis meses aquí. Cuando vives tanto tiempo fuera, coges cosas que te gustan de esa cultura y las mezclas con las tuyas. Le he cogido cariño a estar conmigo misma, a disfrutar de mi soledad. Creo que todos deberíamos aprender a hacerlo.
Cuando me fui, mis amigas comentaban entre ellas que en seis meses estaría de vuelta y mira, cosas de la vida, seis meses fueron seis años.