Desde que recuerdo, siempre sufrí dolor de espalda. De pequeña me quejaba y mi madre lo achacaba a la mochila o a los hábitos posturales, pero como digo siempre: “vine con un fallo de fábrica”.
A los 14 ya tenía escoliosis y una hernia en la espalda. Con el paso de los años, lo peor de todo, es que acabas acostumbrándote a vivir con dolor.
Ya de adulta, mi primera gran crisis fue en el trabajo: se me paralizó el cuerpo de cintura hacia abajo. De una hernia, pasaron a ser tres; los discos invadían la médula espinal al salirse del sitio y me daban radiculopatías* en ambas piernas, el nervio falla y empiezas a cojear. Estuve un año y medio sin caminar, en cama. No salía a la calle. Tenía 22 años y para moverme necesitaba ayuda. Era como tener una tonelada encima, ya solo incorporarme de la cama era horrible. Los días se hacían eternos y, sinceramente, lo que quería era morir, muy triste. Todo se vuelve muy oscuro y cuesta seguir adelante, te hundes. Es un cambio de vida impuesto y sientes que no vales nada. Ahí te das cuenta de que lo más valioso es la salud, da igual el dinero, lo material, las amistades, etc. Valoras tu cuerpo sobre todas las cosas. La mente intenta borrar esos recuerdos, pero los tengo como una de las peores épocas de mi vida.
Aquello fue a más y tuve que pasar por el quirófano. Me operó el doctor Piñeiro, neurocirujano. Cuando me abrió, vio que la cosa era más grave. Me curó las hernias y un estrechamiento del canal raquídeo, pero encontró una vértebra suelta que no pudo fijar. En ese momento, sinceramente, creía que me iba a poner bien. Noté una mejoría espectacular, pero seguía sintiendo que algo fallaba. Yo lo llamaba “mi jauría” porque era como tener a varios perros pegados a la espalda.
Volví a recuperar mi trabajo y, con ello, mi felicidad. Me sentía realizada y tenía la ilusión de seguir con mi vida. A los dos años seguía sintiendo que algo no iba bien. Era la vértebra, me abandonaron las piernas.
El cuerpo se me iba apagando. Mis compañeras me tenían que ayudar a subir los tres peldaños para acceder a la peluquería. Trabajaba sentada en una butaca, si se me caía un peine al suelo, tenían que recogérmelo, hasta ese punto llegué. Se me vino el mundo encima, otra vez.
Estuve otro año y algo en cama. Me quedé sin musculatura, perdí el control de los esfínteres. Me puse en 100 kg, al tiempo y con muchísimo esfuerzo logré bajar a 55 kg. Se destruye la autoestima. Si sumas todas las crisis que he tenido, fácilmente he podido estar cinco años en cama.
Vivía drogada: antiinflamatorios, analgésicos, relajantes musculares, somníferos, antidepresivos, etc. Mi cuerpo ha estado sobrecargado durante muchos años. ¡Hasta morfina! Lo intenté con todo. Me vi enganchada a las pastillas. Tenía una que era mi preferida: el tramadol.
Llegó un momento en el que se me paró el intestino, se me inflamó el hígado, tenía temblores, vómitos…, te deja unas secuelas terribles.
Fue cuando un médico me dijo que todo lo que pudiera estar consumiendo cannabis para aliviar el dolor sería mejor que tomar morfina porque así no llegaría a los cuarenta.
Tanta pastilla te duerme los dolores y no eres consciente de lo que te está pasando. Tapas el dolor, pero la dolencia sigue evolucionando.
La siguiente operación me la hizo el doctor Hani Mhaidli, era el responsable de la Unidad de Raquis del Hospital Universitario de Gran Canaria Dr. Negrín. Iba a verlo muchas veces porque el dolor era insoportable. Insistía e insistía y le pedía que me operara por lo privado, como si tenía que pedir un crédito y pagar 100.000 euros. La última vez que el Dr. Mhaidli me vio, estaba tan mal que me dijo que me operaba de urgencia. Recuerdo que me pidió perdón a mí y a mi familia porque, si hubiera tardado un mes más, quizás me hubiera quedado minusválida. No solo tenía las hernias, sino tres vértebras sueltas. Me comentó que no le hizo falta ni coger el instrumental médico para moverlas.
En el quirófano había cinco doctores, enfermeros, anestesista, etc. Fue un espectáculo. Como yo tenía tanta ilusión de que él me operara, no dejé que me durmieran hasta verlo entrar por la puerta del quirófano (risas). El anestesista se enfadó y me dijo que se podía cancelar la operación. Mi respuesta fue: “donde he estado un año y medio acostada, puedo aguantar un año y medio más, no me pienso operar hasta que no llegue el doctor”. Tenía muchas esperanzas puestas en Hani, era mi último cartucho.
Esta cirugía fue paliativa, para aliviar el dolor, pero no quiere decir que me vaya a recuperar del todo, nunca seré la persona que fui antes de tener todos estos problemas. La enfermedad es crónica y degenerativa.
Pasé muchísimos dolores en el posoperatorio, me volvieron a liberar el canal raquídeo, me arreglaron las hernias y me colocaron las tres vértebras. Tengo una artrodesis** con mis tornillos, mi barra, etc.
Hice mi rehabilitación, buscaba mucho la movilidad en el agua, eso me llevó un año. Fui consiguiendo musculatura y poco a poco evolucionar.
Durante la rehabilitación convives con personas con dolor. Muchos me preguntaban cómo podía sonreír. Hubo algunos que me pidieron que hablara con sus familiares para que se dieran cuenta de que, a pesar de todo, podían ser felices.
Con toda la ilusión del mundo volví al trabajo, era lo más importante para mí. A los nueve meses aparecieron las viejas sensaciones, tuve que coger una baja y, tres meses después, llegó una carta de la seguridad social diciéndome que me incapacitaban. Era joven y tenía la vida de una jubilada. Sencillamente no era lo que me tocaba. Mi vida dio un giro de 180º, perdí lo que para mí era lo más valioso. Fue un palo bestial.
Durante todo este tiempo, he visitado muchos psicólogos y he intentado cultivar mi mente porque he entrado muchas veces en agujeros negros donde no he tenido ganas de vivir. No le veía sentido a la vida. No sabía cómo bailar conmigo misma sin pisarme los pies. Después de la última operación, aprendí a aceptar mi enfermedad y que la vida es bonita a pesar de las limitaciones que se te pongan delante. Hay que trabajar la autoestima, buscar ayuda y mirar siempre el vaso medio lleno. Aunque estemos limitados, hay miles de cosas de las que disfrutar, de la sonrisa de tus amigos, tu familia. A día de hoy, la única ilusión que tengo es el amor, porque eso no te lo puede quitar nadie. El universo ya me ha quitado demasiadas cosas.
El tiempo no para, te paras tú y se te escapa volando. Vivo el ahora porque quizás mañana no me pueda levantar ni mover más. Si mañana me quedo sin caminar, seré mucho más feliz que hace diez años, lo veré desde otra perspectiva. Con constancia, perseverancia y ganas todo se consigue. Si otros lo han conseguido antes, uno también puede. Es solo cuestión de tiempo. ¡SIEMPRE SE PUEDE!

*El término radiculopatía se refiere a la pérdida o disminución de la función sensitiva o motora de una raíz nerviosa causada por compresión, inflamación y/o lesión de una raíz de nervio espinal en la zona baja de la espalda

**La artrodesis consiste en una intervención quirúrgica en la cual se ancla un articulación fijando dos piezas óseas.