Soy el sexto hijo varón, el más pequeño de la familia, por lo que la influencia de mis hermanos ha sido muy importante. Todos me sacan bastante edad y sus experiencias me han aportado infinidad de conocimientos para ser lo que soy hoy. Me llevaron por primera vez al teatro, al cine, a conciertos…, con ellos me drogué y emborraché por primera vez. Fueron mis chamanes.
Me crié en el pueblo de Valleseco, es bastante frío y a menudo está en medio de la niebla. De pequeño me inventaba cualquier cosa los domingos para no ir los lunes a clase. Odiaba el colegio, me hastiaba su monotonía y el único trabajo en el que yo me veía era el de actor, ya que cada día era diferente. Hasta que no terminé el instituto mis padres no me tomaron en serio, y fue ahí cuando mis hermanos tuvieron que explicarles que ser actor era también una carrera profesional.
Soy la quinta generación de carniceros, mis primos han continuado con esa profesión en el pueblo, pero yo me dediqué a la charcutería cinematográfica (risas).
Fui a la Escuela de Actores de Canarias a estudiar arte dramático, en Las Palmas. En ese momento pensaba que era lo que quería hacer, pero con el tiempo descubrí que no iba muy desacertado y que me interesaban otras cosas. Estuve trabajando como actor en la isla y al tiempo me fui a Barcelona a hacer un postgrado de Nuevas Tecnologías Aplicadas al Teatro. Nunca se inició pero me quedé allí cuatro años (risas). Conocí a una peña súper interesante y, entre eso y que iba al Festivalito de La Palma, descubrí que no era tan complejo hacer pelis como me imaginaba. En vez de ponerle cara a las mierdas de otros, se las ponía a las mías. Ahí se puede decir que empezó mi historia como cineasta.
Mi trabajo tiene que ver mucho con la manera de hacerlo, no con el resultado. Hago las cosas si me parece divertido el proceso. Construir algo creativamente pero partiendo de lo lúdico es lo que me motiva, poder divertirme haciéndolo. Es algo común en todas mis piezas.
Contar historias acerca de las raíces es algo que trato mucho, me parece divertido jugar con los elementos iconográficos de un territorio, me gusta hacerlo a través de temas religiosos, tradicionales, etc.
Usar personajes reales y no actores profesionales en muchas de mis piezas, tiene que ver con esa idea de búsqueda, de construir en una línea muy fina una historia que hace que no puedas diferenciar qué es documental y qué es ficción. La incorporación del actor natural a mis películas le da ese componente de realidad a la ficción.
En piezas como “El becerro pintado” o “La pasión de Judas” se mezclan los elementos reales con la ficción, igual que en la quema de Judas en semana santa o los ranchos de ánimas. Juego con esos elementos tradicionales como elementos narrativos.
Valleseco ha tenido una influencia enorme en mi trabajo. Amo la idea romántica de la necesidad de alejarte para darte cuenta del valor que tiene el sitio donde te has formado como persona. Tiene mucho que ver con respetar el lugar de donde vienes, de verlo con perspectiva después de estar tiempo fuera.
Cuando haces esos peregrinajes a los centros de producción como Barcelona, Madrid, Nueva York o Berlín, te das cuenta de que lo que te interesa es ese cine que está contado desde los extrarradios, las periferias. Descubres que tú eres de un lugar de esas características y es ahí cuando vuelves a poner el foco en lo importante.
La influencia de Canarias es total, pero donde reside el mayor tesoro que tenemos es en la capacidad de dialogar con otros cineastas locales. Es un espíritu que nace del Festivalito de La Palma. Es peculiar porque la isla en sí misma tiene unas condiciones particulares y saca a la gente de su zona de confort más allá de las influencias típicas y tópicas como el paisaje, la idiosincrasia, etc.
Hacer cine en las islas es complicado. Las instituciones culturales en este momento no están al nivel de los ciudadanos, hay que trabajar por un modelo cultural sostenible en el tiempo y no como esas loterías que salen cada equis años anunciando que hay 3 millones de euros para el audiovisual, sin saber lo que habrá para el año que viene o para dentro de dos años.
Prefiero no definirme a mí mismo como creador y que sea el público el que lo haga. Es muy interesante esa comunicación entre artista y espectador porque te da infinidad de lecturas. Es muy rico, sobre todo cuando no es una obra de lectura única. Al final la obra se acaba cerrando en la cabeza del espectador y eso es lo verdaderamente interesante.
De todas mis piezas le tengo mucho cariño a “La trilogía del cartón”. Son tres piezas realizadas con el centro ocupacional de Valleseco, en las que participaron chicos y chicas con diversidad funcional. Estas piezas se rodaron en mi pueblo durante tres años consecutivos, lo que permitió evolucionar en esta idea de laboratorio. Son “Fondo y Forma”, “A lo oscuro más seguro” y “La pasión de Judas”.
Tengo en mente un largo para el año que viene, se llamará “Hombres de leche”. Es la historia de dos hermanos que no se hablan y, que tras la muerte de su padre, descubren a través de la herencia que este ha creado un mecanismo para juntarlos: les obliga a coger 300 cabras y llevarlas del norte al sur de Fuerteventura para regalárselas a un tipo. Es una road movie a ritmo de cabra (risas).

¡Saludos del barrio soviético tropical!