José Guerra Rodríguez – 39 – Deportista

 

La verdad es que de pequeño no estuve tan involucrado con el deporte, para mí era un juego en el que compartía momentos con mi amigos. No tenía la conexión que tengo ahora. Hice el típico curso de optimist en la escuela de Puerto Rico pero nunca volví a hacer vela, siempre que veía los barquitos por la bahía de Las Palmas pensaba en sacar tiempo para aprender a navegar. Por circunstancias de la vida la oportunidad llegó más tarde.
Con veintinueve años sufrí un accidente de moto que me dejó en una silla de ruedas y la vida me cambió por completo.
El principal reto al que me enfrenté fue el poder ser lo más independiente posible. Era algo que veía complicadísimo. El primer año fueron caídas en la calle, intentar bajar bordillos, hacer caballitos para subir a la acera, etc. Era como un Camel Trophy. Al principio lo pasé mal pero no tanto como hubiera imaginado. Pensaba que iba a ser más duro pero estaba tan entretenido y con tantas ganas de mejorar que no me paré a pensar demasiado en lo que me había pasado. A día de hoy soy 100% independiente. Vivo en mi casa con mi hijo Nicolás, él es uno de los grandes motores de mi vida.
Por aquel entonces sabía que era súper importante hacer deporte, no sólo a nivel físico sino también emocional. Empecé a entrenar con el Econy, a mí el baloncesto no es que me gustara demasiado pero es que, en aquel momento, en Canarias no había muchas más opciones en lo que a deporte adaptado se refiere. Estuve dos años con ellos y conseguí una forma física que me ayudó mucho en mi día a día. Salía de entrenar con una energía y una positividad increíbles. Conocer a otras personas con discapacidad también me aportó muchísimo.
A los dos años de sufrir el accidente me fui a Madrid a cursar un master de Geopolítica y Geoeconomía. Es allí donde de verdad empecé a descubrir otros deportes gracias a la Fundación También que emplea el deporte como medio de integración para personas con discapacidad. Con ellos aprendí vela ¡en un pantano!
Una de mis primeras regatas fue en Valencia en 2011. El primer día de competición se me hundió el barco. Llegó la tormenta perfecta, se paró el viento durante un minuto y seguidamente una nube negra descargó una tromba de agua. Se formaron bastantes olas y entró tanta agua que no fui capaz de achicarla. Tengo que decir que no fui el único que se hundió ese día (risas). Fue un bautizo bastante bonito (risas). En octubre de ese mismo año el equipo paralímpico español, con sede en Valencia, me convocó para un clinic. Vi a otras personas con mayor nivel que el mío y eso me motivó a llegar donde estaban ellos.
Al volver a Gran Canaria me encontré muchas dificultades. Los dos o tres primeros años no pude navegar, no tenía barco y no pertenecía a ningún club de vela.
Años más tarde quedé tercero en la Copa de España en Melilla y es ahí cuando mi nombre empieza a sonar en el Club Náutico. Mandaron a un entrenador conmigo a un campeonato de Europa en Valencia y, a raíz de esto, se creó una escuela de vela adaptada con la presidencia de Óscar Bergasa. Justo en ese momento la Fundación Disa me ayudó económicamente y es cuando empiezo a navegar más en serio. Sin esas ayudas hubiera sido imposible.
En las olimpiadas de Río quedé como suplente y, por desgracia, en las de Tokio no habrá vela adaptada como deporte paralímpico. El año que viene hay un mundial en Cádiz (que es el objetivo que tengo en mente), donde se decide quién puede ir al mundial de Tokio, que se celebra paralelamente a las olimpiadas revindicando que la vela tiene que estar ahí.
Yo compito con personas con y sin discapacidad. La mayor dificultad que tengo es adaptar el barco para navegar en igualdad de condiciones que ellos. Es un deporte “open”, muy integrador. Está abierto a todos los participantes. Me enfrento a personas sin discapacidad y puedo superarlas, cosa imposible en otros deportes como el baloncesto, tenis, etc., y eso, además de sentarme muy bien, me motiva a mejorar.
Tener una discapacidad es uno de los problemas más grandes a los que te puedes enfrentar en tu vida. Si salir de la zona de confort es importante, para alguien con discapacidad es fundamental porque lo más cómodo es no moverse y quedarse sentado en el salón de tu casa donde nadie te va a mirar raro.
Mi vida hubiese sido muy distinta si no hubiera tenido el accidente, pero me he buscado la vida y he aprendido a ser menos conformista.
Ahora vivo más tranquilo, intento vivir lo más acorde a mi filosofía de vida, sin agobios. La mente es lo más importante a la hora de hacer frente a cualquier tipo de situación, al fin y al cabo los problemas surgen por cambios. La vida es puro cambio y como decía Darwin: “sobrevive el que mejor se adapta, no el más fuerte”. Los problemas siempre van a estar ahí, pero hay que afrontarlos de manera positiva.
La vida me ha limitado en muchos aspectos, soy una persona igual a la de antes, lo que no camino. Me costó mi tiempo aceptarlo pero la vida sigue y hay que disfrutar. No me pienso amargar por cosas que no puedo cambiar.

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1 Comentario

  1. Bernardo

    Una vida y un relato dignos de admiración !
    Bravo José !

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