Nací en Nigeria y desde siempre he tenido relación con el deporte. Era, como dicen aquí, muy futbolero. En aquella época los padres africanos no querían que sus hijos jugasen al fútbol, preferían que fueran médicos, personas con estudios, pero ahora la cosa ha cambiado. El fútbol mueve mucho dinero (risas).               Con trece años mis padres fallecieron y mi situación cambió. Nos vimos solos y mis tíos, que debían ser nuestro apoyo, no lo fueron.
En Nigeria la mitad son musulmanes y la otra mitad somos cristianos. Los musulmanes tienen más poder, están más unidos. Cuando enterramos a mi madre, las personas que se suponían que eran mis amigos, con las que jugaba al fútbol, con los que compartía la comida, nos quemaron la casa.
En esa época había muchos enfrentamientos entre las dos religiones.
Ver que no había un futuro para mí y la inestabilidad política del país fue lo que me hizo tomar la decisión de venir a Europa, no me arrepiento.
Cogí un mapa y vi Nigeria, Níger, Argelia y Marruecos. Al ver Europa pensé: “¿por qué no?”.
Es una distancia enorme, pero en el mapa no se ve tan lejos y cuando uno tiene diecisiete años y está desesperado, ninguna distancia es grande.
Recorrí Nigeria hasta la frontera con Níger sin problemas. Allí hablan hausa, un idioma que yo aprendí de pequeño y no tuve muchos problemas, pero cuando llegas a Argelia con otro idioma, la cosa cambia. Suelen tratarte mal, incluso pueden secuestrarte y venderte como esclavo a un traficante. En ese momento tuve que buscar otra forma de cruzar el país y recurrí a las mafias para poder hacerlo.
Uno de los grandes problemas que teníamos los inmigrantes en ese momento era llegar a la ciudad de Orán.
Viví muchas situaciones de peligro. Recuerdo cuando cruzamos de Níger a Argelia, muchos morían en ese desierto. Si no sabes dónde ir puedes perderte, si esperas hasta la noche muchas veces salen luces y piensas que son ciudades cuando no lo son, llevándote otra vez dentro del desierto. La gente de la mafia nos dio indicaciones de seguir siempre recto hasta ver una roca muy grande y de ahí bajar hasta la ciudad. Estuvimos un día caminando. Se nos terminó el agua y cuando llegamos a Argelia el primer agua que yo bebí era la de los camellos, sucia, muy sucia. La veíamos como si fuera agua embotellada. Metimos la cabeza y comenzamos a beber, al momento empezaron los vómitos. Era agua con caca y pis de camello, pero no me importaba porque era agua.
Tuve la gran suerte de que ese año había elecciones en Argelia. Llegó un convoy presidencial y uno de los chófer se ofreció a llevarnos en una de las guaguas por cien dólares. A mi me llegó la información y lo pagué. Esa guagua no la paraban en los controles, llevaba la identificación presidencial y tenía los cristales tintados.
Cuando la policía veía la guagua saludaba y la dejaba pasar. Nos llevaron a la frontera con Marruecos. Allí estuvimos unos días esperando por la mafia y finalmente una noche nos pasaron. Caminamos entre ocho y diez horas hasta llegar a una estación y allí esperamos a que pasara el tren, que iba a una velocidad muy lenta. Saltabas dentro y le dabas al revisor dinero. Algunos compañeros que no pudieron saltar se quedaron fuera.
Durante el camino había mucho tiempo para pensar. Doy gracias a Dios porque siempre ha sido fiel conmigo y yo no he sido fiel con él al 100%. Cuando ves gente muriendo y tú tienes la suerte de seguir vivo, te das cuenta que siempre ha estado a tu lado.
Venir tuvo sus riesgos, pero si tú no tienes nada, pierdes todos los miedos. La desesperación te hace fuerte.
Tardé solo quince días en hacer el recorrido de Nigeria a España.
Para entrar en Ceuta cogimos una barca desde la zona marroquí, cortamos la valla, pisamos suelo español y fuimos a un campo de refugiados. En la época que yo vine en España se necesitaban muchos inmigrantes para la construcción por el boom inmobiliario, y creo que por eso fue un poco más fácil.
Allí estuve unos meses, di el salto a Málaga, después a Madrid y posteriormente a Palma de Mallorca. A Canarias llegué por mi hermano, él si llegó en cayuco directamente y fue el que me dijo de vivir juntos.
Cuando llegué empecé limpiando coches en el Sebadal. Conocí a muchos empresarios y uno de ellos me dio una oportunidad contratándome para serigrafiar en una tienda de deportes los números en las camisetas de la UD Las Palmas. Tras terminar mi contrato, Fernando Martín, al que también había conocido limpiando su coche, me consiguió una entrevista en Maspalomas para entrar en el club. Esperando por la persona con la que me tenía que reunir me senté en el banquillo a hablar con Jonathan Viera y, en ese momento, llegó el presidente. Desde su posición él no podía verme y se dirigió a Jonathan diciéndole: “¿Qué pasó negro?”. Cuando llegó a mi altura y vio a un negro de verdad el presidente me dijo: “disculpe, es que a Jonathan lo llamamos negro” (risas). Intentó explicarse pero los chicos ya tenían tema para reírse, son cosas que pasan (risas). Imagina el primer día pasar por esa situación (risas).
Me fui a mi casa después de la reunión y antes de llegar ya me estaban mandando al estadio a trabajar porque llegaba mercancía. Yo tuve suerte, muchísima suerte. Apostaron por mí, creo que soy el único utillero negro e inmigrante en la liga española y me atrevería a decir que de toda Europa. A los jugadores nigerianos de la UD lo primero que les sorprendió cuando llegaron al club fue verme trabajando aquí, se quedaron sin palabras. Son dos historias muy diferentes, ellos tomaron un camino y yo tomé otro totalmente diferente, pero terminamos aquí, en Gran Canaria. En Canarias hay un espíritu de integración que no he visto en otros lugares, la gente te da la oportunidad de demostrar lo que vales.
Cuando vivía en Nigeria pensaba que si me ganaba la lotería iría al Bernabéu o al Camp Nou a ver un partido. Ahora voy a esos estadios por mi trabajo y entro en zonas donde la gente ni siquiera puede imaginar.
¡Cuando miro atrás me doy cuenta que todo el riesgo ha valido la pena! (risas).