Yo siempre fui un hombre, lo que no nos dimos cuenta…                                          Acepté que era un hombre transexual con 27 años, fue viendo el vídeo de un chico que llevaba un año con el tránsito. Al verlo, empecé a llorar como un niño, reconocí en él lo que llevaba viviendo en mí toda la vida, ese sentimiento de no encajar, de no gustarme cómo era… Lo que realmente me pasaba era que yo quería ser como él. ¡Quería ser un hombre para mí y para las demás personas!
Fue como quitarme una venda de los ojos. No es que te des cuenta de la noche a la mañana de lo que pasa, lo que haces es buscar información, entenderlo y aceptarlo para poder comenzar el proceso.
Cuando miro atrás empiezo a comprender cosas, como cuando lloraba al ver a mi padre afeitarse y yo no podía hacerlo o cómo creé diferentes personalidades masculinas en mi interior, dependiendo del tipo de hombre que yo quería ser, me convertía en Michael, Jack o John (risas). Evidentemente no estaba loco, pero vivir esa ilusión me hacía sentir mejor, mis amigas del cole no lo entendían muy bien (risas).
En la adolescencia pasé por muchos altibajos, incluso llegué a autolesionarme porque sentía que me odiaba, no sabía por qué me comportaba de esa manera. Ahora que trabajo con menores y me cuentan sus experiencias pienso: “a mí también me pasaba”.
En esa época me di cuenta de que me gustaban las chicas, para la gente yo era lesbiana, pero yo no me sentía así. Nunca me sentí mujer, pero tampoco sabía cómo explicarlo, seguía sin encajar.
Con 19 años veía a las personas transexuales que salían por la televisión y me decía a mí mismo que no quería ser un personaje de esos, de los que la gente se ríe, estigmatizado y señalado de por vida. Yo quería ser una persona educada y humilde, con los valores que había recibido de mi familia. No quería ser transexual porque lo veía de una manera horrible, tenía un mal concepto de ello. Puedo llegar a entender a las personas que lo tienen, pero es tan fácil como informarse y comprender que es parte de la diversidad.
Recuerdo que mi madre un día me preguntó si me hubiera gustado ser un chico y le respondí: “si me hubieras dado elegir sí, pero ya no se puede cambiar”. Pensé en resignarme…
Con 27 años, la pareja que tenía cortó la relación porque, según ella, no encontraba una mujer en mí por ningún lado. Ella era lesbiana y quería además una mujer femenina en su vida. Me decía: “es la relación más heterosexual que he tenido en mi vida” (risas). Eso me hizo pensar mucho, en aquel momento empezaba a ser consciente de esa sensación de sentirme hombre. Hoy por hoy somos amigos y ha podido entender todo lo que nos pasó.
Cuando ya me decidí a hacer mi tránsito me pregunté: “¿seré capaz de pasar este proceso?” Médicos, hormonas, operaciones, hablar con todo el mundo que me conoce, miedo al rechazo… Comencé siendo yo mismo en la calle y en el trabajo, pero en mi casa seguía siendo una mujer para mi familia. Imagina el conflicto que suponía para mi cabeza, era un choque brutal. Llegó el día que me fui a vivir con una amiga debido al agobio que sentía por cómo se iba a tomar mi madre todo esto. Es tan grande el miedo a no ser aceptado y apoyado que piensas todo en negativo.
Mi madre también sintió pánico cuando se lo conté porque pensaba que tendría problemas por ello, pero a día de hoy es la persona que más me apoya y entiende junto con mi hermana. A raíz de todo esto también mi padre y yo nos hemos unido mucho más, pero no solo con él, también con toda mi familia. El ser yo mismo ha hecho que todo vaya mejor, estar a gusto conmigo mismo hace que pueda estar a gusto con los demás.
Ser transexual no es operarte u hormonarte, simplemente es sentirte tú como hombre o como mujer. Hay personas que lo entienden y se aceptan tal y como son y no se hormonan y también hay otras realidades trans. En mi caso, yo sí sentía la necesidad de tener barba, de tener un torso masculino. Antes tenía más caderas, ahora tengo más barriga desgraciadamente (risas).
Algunos de los momentos más mágicos fueron el día que compré mi primer polo en Zara o mi primer afeitado (risas). Recuerdo la primera vez que fui a la playa con mi pecho masculino, era como si por fin me hubieran quitado una capa y podía ver mi pecho real, fue increíble.
Para pasar legalmente de un género a otro tuve que ir al psicólogo, al psiquiatra y al endocrino, con el fin de determinar que “no estás loco”, que tu familia lo acepta y que no tienes un problema psiquiátrico. Lo que sí tenía, según el psiquiatra, era disforia de género, que es sentir malestar hacia tu cuerpo, hacia tu sexo y yo no siento malestar ninguno, eso está mal y terminarán eliminando ese concepto, a mí me encanta mi cuerpo como es, en todo caso tengo disforia de barriga (risas). Luego el endocrino te da el visto bueno para empezar a hormonarte. A partir de ahí pasaron tres años hasta poder llamarme Álvaro.
Durante ese tiempo tuve que vivir situaciones como poner en duda la titularidad de mis tarjetas, ir a la consulta de un médico y que me llamaran por mi anterior nombre, como una mujer, y levantarme yo con estas barbas…
Con respecto a mis 27 años viviendo con un rol de mujer, llegó un momento en el que me dije: “¿qué quiero sentir que he vivido, 32 años que voy a cumplir o estos cinco últimos nada más?” Esos 27 años que viví para la sociedad como mujer, los viví, no puedo rechazarlos. No todo fue negativo, viví y aprendí cosas muy bonitas, pero al principio de mi transición, mis propias inseguridades y la transfobia de los demás me hicieron rehuir un poco de mi pasado, incluso de mi anterior nombre, porque que me llamaran por ese nombre era como clavarme una puñalada.
Con el tiempo y trabajo personal aprendes a aceptarlo porque es parte de ti y de la persona que eres hoy en día y Judit (mi anterior nombre), fue parte de eso. Hoy por hoy me encanta hablar de esa etapa en mis charlas. Judit, es solo eso, un nombre, una etapa.
La esencia de la persona que era sigue estando ahí, pero es cierto que mis amigos de siempre me dicen que Álvaro es una persona nueva, y yo lo sé también.
Mi madre me dice que por muchos cambios físicos impresionantes que haya tenido, mi mayor cambio es el interior, esa seguridad que he ganado.
Yo ayudo a personas que están en tránsito, es triste pero normalmente intentan copiar los roles menos positivos que hay en la sociedad como el machismo, el maltrato, ser controladores con sus parejas, la preocupación excesiva por la apariencia y lo superficial…
Yo intento que vean otras cosas. Por ejemplo, el chico que conecta en su infancia/ adolescencia con su parte femenina sin problemas, ya tiene medio camino hecho porque no sentirá que tenga que copiar ningún rol, le gustará ser como es y será mejor para él y para la sociedad.
Ser transexual es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida, porque gracias a eso soy más empático, más luchador, ¡soy feminista! … He descubierto que lo que te hace feliz es ser auténtico, es ser uno mismo, pero a veces es tan difícil… Por eso me dedico a asesorar.
En las charlas que doy he observado que las familias han evolucionado mucho en estos últimos años y eso ha hecho que los menores se sientan apoyados y salgan hacia delante. Aún así las madres y los padres lloran mucho porque dicen que han sufrido una pérdida, que sus hijos van a sufrir mucho en esta sociedad, lo tienen muy negativizado, por eso intento hacerles ver que hay que positivizar la transexualidad y que se puede ser muy feliz siendo diferente, el ejemplo está en mí (risas).
Algo a destacar que me llama mucho la atención es la falta de respeto continua por el desconocimiento general de la sociedad hacia el mundo trans, que hace que la gente pregunte cosas demasiado íntimas que no preguntarían a otra persona.
Les aconsejo que antes de preguntar algo sobre nuestras operaciones o sobre nuestras relaciones sexuales, se cuestionen si a ellos les gustaría que se las preguntásemos. Hay que dejar de centrar nuestras vidas en los genitales, hay que pensar y sentir más.
Yo entiendo que a parte de la sociedad les parezca que todo va muy rápido, pero para nosotros es un proceso lento porque llevamos mucho tiempo sin nuestros derechos y sin la igualdad plena, sufriendo discriminaciones y violencia.
La gente no es consciente de que esto es un bien común, siendo yo mismo, soy feliz y mis relaciones personales y profesionales han mejorado, así que estoy siendo mejor para la sociedad. Ahora mismo soy asesor personal y orador motivacional, ofrezco charlas sobre felicidad, transexualidad y feminismo entre otras… ¡Sería egoísta si no ayudara con todo lo que he aprendido!

+ info: www.alvaromartinmoreno.com