“Mis inicios en la escuela fueron con doña Josefa, era buena maestra pero a veces se quedaba dormida durante las clases (risas). Al terminar con ella apenas sabía sumar, restar y esas cosas, pero gracias a las dominicas, donde fui después, aprendí caligrafía, matemáticas…, aunque pronto lo dejé, la madre Anunciación no me gustaba mucho, me tenía los hombros molidos de todos los apretones que me daba para llamarme la atención. Me cansé de aquello, antes las monjas tenían la mano floja.
Después de las dominicas fui a clases particulares con don Juan del Rosario. Para la época que era tuvimos una buena educación. Recuerdo que le pegó una jalada con una regla negra a mi hermana que la pobre se orinó encima. Éramos pequeñas, ocho o nueve años. Si es hoy lo meten en la cárcel.
Cuando cumplí catorce años me encontré un novio y no quise estudiar más (risas).
Después de los estudios me puse a trabajar y a mí me tocó la casa, que no era poco. No fui mucho a la tierra, como mis hermanas, que a día de hoy me lo tiran en cara. Ellas dicen que era la niña preferida (risas).
Tenía que hacer de comer, limpiar la casa, tostar el millo*, lavar la ropa, (iba al barranco y al puente del molino cargada hasta arriba), planchar (con una plancha de carbón en la que metías brasas en el interior y soplabas por detrás para avivarlas). Eran otros tiempos.
Mi hermana Juanita, aparte de trabajar en las tierras, estuvo trabajando muchos años con don José Mari Beotegui en la fábrica de las chapas. Mi hermana Maruca siempre trabajó en el campo, le gustaba mucho estar en las tierras.
Antes los vecinos nos ayudábamos muchísimo. Cuando había matanza recuerdo que Gregorita Guerra hacía “mojo de cochino”. Una cosa como esa habrás probado tú nunca. Se guisaba el corazón, el hígado, los riñones, los pulmones, etc. con cebolla, tomate y especias y se hacía una salsa. El cochino se partía en trozos y más de la mitad se repartía por los vecinos. Un cacharrito de mojo y un trozo de tocino para cada uno. Antes nos ayudábamos todos a la hora de coger papas o cuando se hacían las juntas** para descamisar*** las piñas**** y desgranar el millo. Lo tostaban y lo llevaban a moler al molino de Santiaguito Marrero.
Potajes no había siempre, lo que había era caldos, leche y gofio. La carne y el pescado ni te digo. Alguna vez se comía, pero poca cosa.
Uno que le decían el canario era el que iba con un cesto lleno de pescado casa por casa. Arreglaba y troceaba el pescado en la misma calle y los gatos desde que lo veían venir de lejos corrían detrás de él.
Tuve muchos pretendientes porque yo era muy guapa (risas), pero novio sólo uno, mi marido. Era pelirroja y tenía pecas por las mejillas.
Acudíamos a la misa de las 9 am, que le decían la misa del niño y, cuando salíamos, íbamos a pasear del Muro Nuevo a La Alameda (actual calle Real de la Plaza). Nos juntábamos todas las muchachas de mi edad enganchadas del brazo a pasear, a ver si picaba algo y, si a una le gustaba alguno, se soltaba y se iban después de novios.
Para divertirnos íbamos a los bailes en el casino, al lado de la iglesia. También había en las casas, como en la de Lolita “la bella”, ella era pobre y la gente por ir le daba algo para ayudarla. Los hombres bebían ron blanco, las mujeres no, solo probábamos el ron si íbamos a la tierra a trabajar. Nos daban un pisquito con una cucharadita de azúcar para darnos ese consuelo (risas).
Había guitarras, cantábamos y a veces los hombres discutían por bailar con la chica que más les gustaba, eran otros tiempos (risas).
Cuando me casé no hicimos viaje de novios ni nada de eso, pero sí un pequeño convite. Mi madre hizo chocolate, un amasijo de pan de huevo y mi padrino trajo un barril de cerveza, eso era lo que había. No hubo ni tarta ni nada. Los pobres como nosotros no teníamos para más. Me casé en la iglesia de Teror, fui vestida de negro que era lo que se usaba en aquella época. Por no tener no tuve ni anillo. Me prestaron unos que había en la iglesia todos ferrugientos y, al finalizar, los devolví para que los usara el siguiente. Era como los muertos, el que era pobre y no tenía, el ayuntamiento le prestaba la caja, que en aquella época las hacia mi tío Juan Ferrera. Llevaban al muerto a la fosa común y devolvían la caja al ayuntamiento. Le decían la caja de los clocos por el aspecto que tenía, se asemejaba a un cartón de huevos.
Después de casarme nuestra situación económica mejoró, mi marido era muy trabajador, era maestro albañil. Trabajó mucho en el sur en los años sesenta con Juan Amorós, que era un contratista muy conocido, hasta que lo echaron por suspensión de pagos.
¡Ay si yo te contara! Podríamos estar todo el día que 88 años dan para mucho y yo, gracias a dios, me acuerdo de todo (risas).”

* Maíz.

** Se conoce como juntas a la reuniones que formaban los vecinos para ayudar en las labores del campo, como sembrar o recoger la cosecha.

*** Quitar la cubierta de hojas a las piñas de millo.

**** Mazorca.