“Soy peluquero desde los catorce años, aprendí el oficio en el colegio. Antes de coger unas tijeras estuve tres meses mirando cómo otros pelaban, era lo que más me gustaba. A los diecisiete años fui al ejército, al Sahara. Allí estuve quince años, doce de ellos como militar. Cuando volví a la vida civil monté una peluquería en Villa Cisneros (hoy en día Dajla). Se llamaba “La Única” ¡porque no había otra! (risas). La tuve hasta que las cosas se pusieron mal y lo perdí todo; empezaron los follones en el Sahara y con treinta y pico años me vine a Gran Canaria. Aquí fue donde me empezaron a llamar “Pepe el rápido” porque estas manos que tengo yo no las tiene nadie. Podía pelar a más de treinta personas en un día o hacerle un corte de pelo a alguien en dos minutos. ¡Hago cosas increíbles!
Aquello era una mina de oro, algunos sábados salía con 30.000 ptas. en el bolsillo, pero si te digo la verdad, el dinero nunca me ha importado, me he arruinado varias veces y me he dado cuenta que es lo mejor que te puede pasar, porque sin dinero vives mejor, más tranquilo. Triunfar y fracasar, así es la vida, tener confianza en uno mismo es el secreto del éxito.
Cuando me retiré le dejé la peluquería a mi hijo y me centré en el deporte. Toda la vida he sido deportista, pero al retirarte y no tener nada que hacer, vives esto con más intensidad. Mi vicio es correr.
Me levanto a las tres y media de la madrugada y a las cinco ya estoy corriendo. Los domingos me levanto un poco antes y hago 20 km seguidos. Los demás días hago 10, es como una enfermedad.
A las diez y media paso por el bar y me tomo una copa de vino antes de comer, para abrir el apetito. A las once me voy a almorzar, como una sola vez al día. Me tiro una hora comiendo de pie con una botellita de vino. Como de todo, por eso tengo una salud de hierro.
Descanso dos o tres horas y a eso de las tres de la tarde hago otros 5 km. Me voy tranquilito a mi casa a ver la televisión o a leer y me acuesto temprano. Y así todos los días. La cabeza que yo tengo no es normal, esto es dedicación.
La muerte es muy triste, pero hay una cosa más triste todavía: no saber vivir.
El mejor psicólogo que existe es el peluquero, escuchaba historias de todo tipo. La gente se ahoga en una palangana.
Yo he cogido parejas rotas, clientes míos de la peluquería, los he llevado al campo a comer, les he escuchado y los he vuelto a unir porque hablo crudamente, no engaño a nadie. La verdad es una línea recta. Por eso siempre digo que los suecos son cojonudos, ellos dicen mucho lo de “no haga la guerra, haga el amor”.
El ser peluquero me ha hecho relacionarme con mucha gente y no cabe duda que me ha hecho ser la persona que soy. A día de hoy soy más canario que cordobés. Aquí he sido más feliz que unas pascuas.
Correré hasta que dios quiera. La muerte está ahí, es algo natural. No le doy importancia, se la doy a la vida.”