“Antes de dedicarme a los negocios era futbolista, empecé mi carrera profesional en la UD Las Palmas en el año 70, con Tonono, Germán, Guedes Gilberto, Castellano, etc. Unos años antes, jugando con la selección española sub 21, nos quedamos campeones de Europa en Italia.
Aquí estuve cuatro años y posteriormente me cedieron una temporada al Valladolid. Luego me marché al Osasuna donde jugué nueve años, imagina un canario viviendo en Pamplona, pasé más frío que un lobo (risas). Había épocas en las que estaba un mes entero nevando sin parar. Después de diecisiete años como profesional me retiré del fútbol, yo tenía treinta y tres.
Al volver a Gran Canaria, alrededor del año 83, cogí la tiendita que tenía mi padre en Guanarteme y la convertí en un bar, el Bosmediano. Mi mujer, Mariluz, se encargaba de la cocina y yo de la barra. Muchos lo conocen como “el bar de Ñoño”, que era como me llamaba mi madre.
Empezamos a poner tapas de huevas, atún, cervezas, etc., pero lo más típico, lo que más pedían los clientes, eran los bocadillos de calamares. Poco a poco empezó a venir más gente, ya no solo del barrio de Guanarteme, sino de toda la ciudad, hasta tal punto que no cabían dentro del local. Aparcaban en la puerta, en la antigua carretera de tierra que había en lo que hoy en día es la avenida, utilizaban los capós de los coches como mesas y allí ponían los platos. Eran otros tiempos.
El negocio cogió tal fama y venía cada vez más y más gente, que se dieron anécdotas como la del día que vendimos 3500 bocadillos. De Tenerife llegó un equipo de lucha canaria y cada uno se metía en el cuerpo cinco o seis bocadillos, un espectáculo. Mi cuñado, que era el que abría los panes, tenía una llaga enorme en el dedo del roce del cuchillo. Ese día acabamos muertos.
Por aquí ha pasado gente de todo tipo, deportistas como el olímpico de vela Doreste, futbolistas como Quini, muchos alcaldes de Las Palmas, la actriz Antonia San Juan, incluso la actual Reina de España, Letizia Ortiz, que cubriendo unos carnavales cuando era periodista se vino a tomar unas tapas al bar.
Me gané la vida mejor con el bar que con el fútbol, antes no era como ahora, con esos contratos millonarios, no se ganaba tanto. Te daba para comprar una casita e ir tirando. También es verdad que la vida en el bar era mucho más sacrificada. Entraba a las nueve y salía a las dos de la madrugada, así día tras día. Me pasé diez años sin coger vacaciones y, poco a poco, puse a gente a trabajar y me fui quitando trabajo de encima.
Después de más de 35 años al frente del negocio me retiré y ahora son mis hijos los que lo llevan.”