“Entré en contacto con la música por medio de la familia, mis padres y mis tíos siempre estaban escuchando bandas como The Beatles, Creedence Clearwater Revival, Otis Redding, Elvis, etc. Me llamó la atención desde chiquitito.
Mi primer contacto con la guitarra fue cuando empecé a quedar con un grupo nuevo de amigos entre los que se encontraba Marcial, fue una de sus guitarras la primera que toqué, tendría unos 16 años. Empecé a interesarme de verdad por la guitarra y por querer aprender.
La primera guitarra que tuve fue una española, me la regaló un tío mío, estaba hecha polvo, vieja y rajada (risas). Me sirvió para empezar.
Siempre pensé que estaba predestinado a ser músico, pero lo de la guitarra fue por casualidad. Es un instrumento común que bastante gente tiene en su casa y al que es más fácil tener acceso respecto a otros.
Fue tiempo después, cuando vi el concierto “Jimi Hendrix plays Monterey”, lo que hizo que me decantara finalmente por la guitarra, me quedé alucinado.
Salvando las grandes distancias, el mundo de la guitarra lo comparo con el de la drogadicción. He podido hablar con personas que han estado enganchadas a la heroína y, cuando estaban “colocadas”, tenían la mejor sensación del mundo, pero luego, el síndrome de abstinencia y las consecuencias que traía consigo eran un infierno. Para mí la música es algo así, es como una droga porque no la puedes dejar cuando las sensaciones son buenas, pero en los malos momentos es algo que puede llegar a hundirte. Es un mundo súper duro, para vivir de esto hay que esforzarse muchísimo y darlo todo a tiempo completo, tienes que sacrificar muchas cosas de tu vida.
En mis referencias, por supuesto, están Jimi Hendrix, Jimmy Page, Rory Gallagher y grandes guitarristas del blues y el rock de los ‘60 y ‘70. Mi amigo Marcial Bonilla, aunque no es tan conocido, ha sido otro de mis referentes, cuando empecé a tocar él me enseñó los primeros acordes, lo llamaba y siempre bajaba al barrio con la guitarra. A día de hoy sigo tocando con él en diferentes proyectos musicales.
Desde los ‘50 hasta finales de los ’70 fue la mejor época de la guitarra, donde explotó de verdad y se le empezó a sacar todo su potencial, especialmente a la eléctrica. Fue toda una revolución
Para mí una buena guitarra es aquella que cuando la coges, y aún sin hacer música con ella, te dice algo. Suena muy místico, pero yo lo he vivido. A veces no es cuestión de lo que cueste, sino de sensaciones.
Cuando me preguntan qué es más importante, si la técnica o el estilo, siempre digo lo mismo: el sonido. Hay gente que se preocupa de acompañar el sonido con muchos efectos y, para mí, es fundamental sonar bien solo con un amplificador y una guitarra, si lo consigues todo lo demás viene rodado.
Si me tuviera que quedar con una, sería con la eléctrica, te ofrece un abanico de posibilidades que no te ofrece otro tipo de guitarra.
Lo más importante, por encima de todo, es tocar con el corazón, trasmitir.
Llevo más años tocando que sin tocar. No entiendo la vida sin ella, es parte de mí.”