Nací el 2 de mayo de 1918 en el barrio de Las Alcaravaneras, que en aquella época era una montaña de arena que se extendía hasta la playa, solo interrumpida por los raíles del tranvía que llegaban a Triana. Por aquel entonces era una playa poco frecuentada, el tráfico marítimo crecía en el muelle Santa Catalina y bañarse allí era un delito.
Iba a un colegio del estado que lo dirigía un profesor que se llamaba Don Domingo Díaz, cerca de la calle Montevideo.
Mi padre tenía un taller de herrería, allí había que trabajar muy duro. ¡Imagina tener que hacer los aros de hierro para la rueda de un carro! Nunca me puso a trabajar con él, debía ser un niño aplicado porque siempre me mantuvieron en el colegio. Hay días en que mi memoria falla y de esa época ahora mismo poco más te puedo contar.
Ya desde joven se empezaba a ver mi carácter, antes de cumplir los 18 años trabajé en una peletería en la calle Luis Morote. El dueño se llamaba Don Antonio Moreno. Un día vendí unos zapatos y me subí a una pequeña escalera para reponer el género en la estantería, algo debió molestar al dueño que me tiró del pantalón y yo que tenía el zapato en la mano se lo tiré a la cabeza, me marché a mi casa y no volví nunca más (risas).
Con dieciocho años ingresé en el servicio militar obligatorio y me mandaron a Cádiz. Yo nunca estuve en guerra, las viví pero nunca fui al frente. Estuve en la península en pleno estallido pero siempre en los talleres o en las oficinas, fui un militar pasivo.
Después de licenciarme me movilizaron a Canarias y me destinaron a Parques y Talleres, a un almacén en la calle Pelayo haciendo casi esquina con Fernando Guanarteme, frente a las Cuarenta Casas.
De aquella época guardo una anécdota que tiene que ver con mi carácter. No era tan chiquitito como soy ahora ni de tan poco nervio. Antes era más alto y más calentón (risas). En los talleres había una máquina, un trompo, y le había dicho al carpintero el día anterior que la limpiara, al volver al día siguiente la máquina seguía sucia y monté en cólera. Recuerdo que tenía un trapo en la mano y el trompo se lo llevó y detrás fue mi dedo. Así fue como perdí el pulgar de la mano derecha. El ejército me cuidó mucho, me operaron y la herida quedó bastante bien. También padecí de reuma y todos los años me mandaban a los baños termales de Archena, Murcia. Vivía bastante bien.
Antes la iglesia y el ejército iban de la mano, era muy serio el asunto y como debía ser me casé el 13 de diciembre de 1954 en la Iglesia del Pilar, Guanarteme. Al párroco lo conocía del cuartel, se llamaba Francisco Rodríguez.
Las tradiciones han cambiado, en mi época los chicos y las chicas se tenían que casar, en la actualidad ya no lo hacen tanto, se casa algún bobo (risas). Ni tuve fiesta ni nada por el estilo, no había perras*.
Fui militar toda la vida y salí del ejército con el rango de Capitán Honorario del Arma de Ingenieros.
¿Llegar a los 98 años? Eso no se me ocurrió en la vida… más años que Matusalén (risas).

* La perra gorda era el nombre coloquial con el que se denominaba a la moneda española de 10 céntimos de peseta. Este nombre fue dado en alusión al extraño león (al que se confundía con un perro) que aparecía en el reverso, asimismo, se le llamaba perra chica a la moneda de iguales motivos en anverso y reverso con la mitad de peso, tamaño y valor (5 céntimos).
Fuente: Wikipedia