Estudié en la Escuela de Arquitectura de Gran Canaria y durante esa época hice varias becas de movilidad. Estuve un año en Buenos Aires, más tarde fui seis meses a Polonia y durante todo ese tiempo asistí a varios festivales de arquitectura como al London Festival of Architecture. En esta última década no he pasado más de dos años seguidos en una misma ciudad.
El último año de carrera tenía solo tres asignaturas bastante técnicas. Necesitaba hacer algo más para alimentar el alma, algo más creativo. Siempre me habían gustado las joyas y decidí buscar a alguien que me enseñara a hacerlas. Me recomendaron que fuera a la Escuela de Artes de Gran Canaria pero no me apetecía nada aprender a través de libros, power points, con horarios, etc., simplemente quería tener un maestro y aprender a través de la experiencia.
Conocí a Diego Richardson, maestro orfebre, y él me abrió las puertas de su estudio en Vegueta. Con muchísimo cariño empezó a enseñarme las técnicas más básicas. Para mi fue como una especie de nuevo mundo, me encantaba ver cómo una cosa tan delicada podía transformarse en algo tan fuerte como una pieza de plata. La cosa se quedó ahí porque tenía que hacer el proyecto final de carrera. Al terminarlo y ver la situación actual de los arquitectos, con unas condiciones laborales bastante pobres, decido irme a China a ver a un amigo. Me había hablado muy bien de la situación del país, llena de oportunidades, así que mi hermana y yo hicimos las maletas. La primera parada fue Hong Kong, previamente había enviado algunos mails a diferentes empresas para probar suerte. Cuando llegué hice una entrevista y a la semana ya estaba trabajando, no me dio tiempo de ir a ver a mi amigo a Pekín (risas).
Estuve diez meses trabajando para una empresa local, fue una gran experiencia. Era la única europea y eso me daba una posición diferente dentro la compañía. Me brindaron muchas oportunidades: diseñamos un restaurante japonés, el interior de un yate, las oficinas de una gran compañía, etc. Lideraba un equipo de trabajo pero era un ritmo bastante duro y toda la responsabilidad recaía sobre mí, teniendo en ocasiones hasta siete proyectos a la vez. Decidí dejar el trabajo para mejorar mi situación laboral. A la semana me llamaron de una empresa australiana con sede en Hong Kong, las condiciones que me ofrecían eran mucho mejores, por lo que empecé a trabajar con ellos. Podía llevar una vida más relajada.
Estuve casi un año con ellos. Estaba realizada a nivel profesional pero la vida allí va muy rápido, vives rodeada de gente, en espacios reducidos y hay mucha contaminación, por lo que pocas veces ves el cielo azul. Habían algunas cosas que no me gustaban como tener solo 15 días de vacaciones al año, con lo que no tenía mucho tiempo para visitar a mi familia. Todo eso hizo que me planteara volver. En España hay otra calidad de vida y cerca de la familia. Trabajando para una gran empresa no podía ser libre en mi toma de decisiones y decidí volver a casa para emprender.
Estando en Hong Kong creé mi propia marca, “Ola Alloy”. Empecé a diseñar cómo quería que fuese mi vida en Canarias, no me apetecía volver y empezar desde cero, así que al llegar a la isla empecé a trabajar en ella.
Aquí trabajo muchísimo y le echo más horas al trabajo que en Hong Kong, pero son unas horas de una calidad diferente. Es mi presión, antes era la de un jefe.